



Grandes llamaradas lo cubrían todo, fuego con hambre, ansioso, en un espacio delimitado. Adolfo Giner y su horno de trincheras, esfuerzo al alimentar su enorme boca que con violencia devora la madera, velar hasta que el amanecer convierta las llamas en rescoldos que dejen ver las grandes piezas de arcilla, la mano del hombre entre las brasas. Recuerdos del fuego de Pompeya asoma entre las cenizas.